Durante décadas la descripción de un maremoto vino de la literatura de ficción: el mar se retiraba lentamente, se distinguía el fondo marino y los peces desprevenidos morían saltando. El mar se recogía para tomar impulso y lo que volvía a la costa era una ola gigantesca y furiosa, que se veía a lo lejos.
Nada de lo enseñado o imaginado era cierto.
¿Qué es lo cierto?
Lo cierto es que la llamada sismología es una patraña que se viene abajo con cada terremoto y sólo los oscuros intereses de la ciencia permiten que exista.
Sólo de una cosa están seguros estos académicos del tres al cuatro: no saben nada.
Estos ignorantes nos han dicho al oído y han escrito, con un saber fatuo, que el tiempo no tiene nada que ver con los sismos. Y los meteorólogos, esas nanas de la ciencia o esos juniors porfiados de lo imprevisible, lo han repetido miles de veces.
La sabiduría popular, que es la única y verdadera ciencia, cree que las lluvias, los astros y la Tierra están conectados de manera secreta y ancestral, por vínculos que el hombre jamás descubrirá. Menos los sismólogos. Jamás los meteorólogos.
Aquellos que piensan que los fenómenos atmosféricos y sísmicos carecen de vínculos son los mismos que leyeron una carta en El Mercurio de Valparaíso, y no sólo no le hicieron caso, también se mofaron e incluso se levantaron contra el firmante:
“Pronóstico sobre fenómenos atmosféricos:
La Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo ha pronosticado fenómenos atmosféricos y sísmicos para el día 16 del presente mes, basada en las siguientes observaciones: el día fijado habrá conjunción de Neptuno con la Luna y máximo de declinación norte de ésta.
A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso y el punto crítico formado con la del Sol cae sobre las inmediaciones del puerto.
Cap. Arturo Middleton
Valparaíso, agosto 6 de 1906”
Los días posteriores fueron terribles para el capitán, acusado de oscurantista e ignorante.
Esto se escribió: “¿Acaso no frecuenta ese capitanejo a esas niñas ociosas y buenas para nada, que dicen hablar con los fantasmas en su casa de espíritus: las Morla?”
Esto se dijo: “No me parece razonable que la Armada tenga en sus barcos a un capitanucho que pretende leer la línea del futuro y que está caro para ver las líneas de una mano”.
Cinco para la 8 del jueves 16 de agosto, a diez días de la carta, los del plan de la ciudad escucharon un retumbar de truenos y los del cerro el mugido de un tren: era el terremoto de 1906.
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